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Los cuadros se pintan desde el corazón, se ordenan en la cabeza para después batallar con la torpeza de la mano, con la falta de oficio por materializarlos. Leyendo unas cartas viejas es el resultado de un cúmulo de nostalgias. Nostalgia de olor de pueblo marítimo gaditano despertando mis sentidos, olor de mar, de barrica y vino, impregnando sus calles, que recuerdan un colonial pasado. Se bambolean mis pensamientos, como los veleros posados en el Guadalete en su camino hacia el mar, con su peculiar e incesante tintineo mezclado con el graznido de las gaviotas. Yo tenía trece años, y tú uno más. Contigo recorría el último tramo del río hasta la orilla de la playa, en la atardecida, para ver ponerse el sol. A ti te gustaba ver cómo el viento jugaba a enredarme el pelo y a mí escucharte recitar poemas, unos tuyos y otros no, descalzarme en la arena y la posterior porfía por cargar mis zapatillas de tela y esparto que tú agarrabas por el extremo de las cintas con que me las sujetaba al tobillo y te las echabas a la espalda. “- Cuando transcurran los años, no importa lo que pase, siempre seremos amigos, como ahora y allá donde estés me gustará hacerte llegar un regalo, un mantón de manila y así lucirás bien guapa en tu Feria de Abril o alguna de tus exposiciones de pintura, … -Pues yo a ti te regalaré un precioso piano, para que nunca dejes de hacer música, como tampoco quiero que dejes jamás de escribir. Te llegará sin tarjeta, y así sólo tú sabrás quién te lo ha enviado.” De mi bonita amistad con el más pequeño de los hijos del poeta portuense José Luis Tejada quedaron, además de los entrañables recuerdos, un puñado de cartas de una amplia correspondencia que mantuvimos durante unos años de pubertad y adolescencia, en las que él ya se expresaba con gran maestría literaria, apuntando a convertirse en un excelente poeta, como su padre. Son estas cartas las que escogí para que apareciesen en el cuadro, pudiéndose leer en ellas mi nombre y mi dirección de entonces. La caja de lata vieja, es un antiguo recuerdo de familia que perteneció a mi bisabuelo, D. Joaquín Gutiérrez de Salazar, coronel médico de la Armada, afincado en San Fernando (Cádiz) y que había conservado su hijo, mi abuelo, y después la hija mayor de éste, mi madre. Curiosamente, lleva mi nombre escrito en francés, caprichos del destino o no, pues cuando la recibí prestada para hacer este trabajo, y ya en mis manos, fue cuando descubrí este singular detalle. No vino aquella caja de ninguno de sus viajes a Cuba o Filipinas, o quizás sí. Fue un obsequio que recibió de un amigo y colega médico, un tal Antonio Minguet Letteron o Minguet Cadet, que vivía allá por Barcelona, no estoy muy segura. Esta caja abierta simboliza la destapada añoranza de un tiempo pasado y de lo que no llegó nunca a ser. Mi abuelo no pudo disfrutar de su padre, pues éste murió cuando apenas él contaba cuarenta días de vida. Quizás por eso guardó siempre como un tesoro aquella caja, por el simple hecho de haber pertenecido a su padre, aferrándose agradecido a su recuerdo y a un legado de extrema generosidad, honestidad y humildad que supo transmitir a cuantos le conocieron. Añejos sabores, luces de siempre, con compás de copla trabajaron los pinceles durante aquellos meses. “De consola y lorito sueña el querer. La novia del “embarcao” nunca la siesta “dormía”” Cantaba así Carlos Cano: “Se bambolea, se bambolea, la goleta en el río se bambolea que viene de Sanlúcar con la marea ”. Fue en enero de 1999 que conocí en Sevilla a D. Manuel Rufí-Gibert, de la galería de arte Batik Internacional. En una entrevista mantenida en el Hotel Sevilla Congresos, tras examinar alguna que otra fotografía de mis cuadros, me miró a los ojos y me dijo que estaba dispuesto a dejarse llevar por su intuición y brindarme una oportunidad. Me anticipó que en la próxima feria de Arte Contemporáneo de Sevilla, posiblemente figurase el lema de Feria de Arte Contemporáneo Iberoamericano, y que él se comprometía a ofrecerme una pared de su stand sólo para mí, aún sabiendo que yo no tenía medios económicos para pagársela. Jamás pude hacerlo, más que con mi gratitud y esfuerzo personal que siempre valoró con creces. Aquella noche, desvelada, supe que mi cuadro era Leyendo unas cartas viejas, donde el pasado más lejano, el más próximo y el presente debían de aunarse en una nostálgica secuencia que destapara profundas esencias atemporales. Cuán iberoamericano fue el nexo de unión a través de unas cartas llegadas de aquel otro continente. Cartas de indianos a familiares, amigos, novias o esposas; de militares en tierras lejanas, de marinos, … Hubo un tiempo en que yo misma fui la novia del “embarcao”, un capitán de marina mercante de aquel continente que llaman América, pero ésta es una historia que contaré otro día. Mª José Aguilar Gutiérrez